martes, 1 de noviembre de 2011

Conversaciones con La Muerte

Y ahí estábamos nosotros cuando apareció de repente.

Nos encontrábamos en la terraza de una cafetería, en plena noche, hablando entre nosotros cuando repentinamente, apareció.
No vestía una capa negra con capucha, ni portaba una guadaña en la mano, ni su cara era un cráneo sonriente, pero para nosotros no había duda, era La Muerte.
Tras presentarse, comenzó a hablar con nosotros, preguntando a cada uno nuestra procedencia. Tras contestar a sus preguntas, reaccionamos como todo ser humano corriente haría ante La Muerte, con lo que de nuestras bocas comenzaron a brotar preguntas sobre el tiempo que nos quedaba de vida y si es que había venido a nosotros para que nos uniéramos a ella.
Entre carcajadas, La Muerte se limito simplemente a contestar que aquella noche no “trabajaba” y que solo quería disfrutar del ambiente festivo, nada más, aunque nosotros desconfiábamos (¿y quién no lo haría?).

Al instante, La Muerte quiso hacer negocios con nosotros y comenzó intentando vendernos una burra, tras lo cual, quedamos estupefactos.
¡Que situación más surrealista! La mismísima muerte intentando vendernos una burra, ¿no es absurdo? Lógicamente nosotros le agradecimos la oferta, rechazándola al mismo tiempo, pues no nos fiábamos en absoluto de nada que proviniera de La Muerte.
Después de que nosotros rechazáramos esta extraña oferta, La Muerte nos sorprendió con otra aún más extraña, una cierva, a lo cual nosotros, buenos conocedores de la ley, (sobre todo las que nos incumben a nosotros), le respondimos que el tráfico de esos animales estaba prohibido, tras lo cual, La Muerte estalló en carcajadas de resignación, dándose cuenta por fin, que nosotros éramos unos chicos listos y no nos dejaríamos engañar, ni siquiera por La Muerte.

Cambiando drásticamente de tema, La Muerte nos preguntó: -¿eso que estáis fumando, es hierba?- A lo cual respondimos que no, ya que eran simples cigarrillos de liar.
Sonriendo, La Muerte metió su mano en el interior de un bolsillo sacando algo que arrojó encima de la mesa en la que estábamos sentados. Todos nosotros juntamos las cabezas para ver que era aquello, y al verlo quedamos asombrados.
Era un cogollo de hierba.

Estupefactos, miramos a La Muerte y ella nos devolvió la mirada con una sonrisa diciendo: -Eso para vosotros, es muy buena, de veras-
Le dimos las gracias casi en susurros, sin salir de nuestro asombro. La Muerte continuó hablando: -Bueno chicos, ya no os molesto más, si alguna vez decidís cambiar de opinión respecto a mis ofertas, hablad conmigo. Ahora me voy al cuarto de baño a ponerme una raya, eso yo puedo hacerlo porque soy La Muerte, vosotros no, recordadlo.

La Muerte desapareció y nosotros aun no habíamos salido de nuestro asombro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario